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Florilegios y otras Heterodoxias

El Asombro como motivador del Aprendizaje

Por: Esp. Hernán Mallama Roux


Parece que el siglo XXI ha llegado con una generación de jóvenes tan bombardeados por los medios de comunicación que el asombro no es más que una mueca de desprecio ante lo que ya no es novedad. En las redes sociales circulan imágenes y videos que dejan al descubierto muchos de los misterios que desde siempre han rodeado la existencia humana: la magia, la muerte, la desnudez, la vida misma. Los enigmas se han reducido a un frenético y progresivo desencantamiento, a una pasiva y deprimente mirada ante el mundo. La Escuela aún no descifra el código, la clave necesaria para reactivar la vital necesidad por “aprender”

Uno de los retos más grandes que deben sortear los docentes en sus aulas de clase es la de lograr activar el apetito intelectual de sus estudiantes. Para ello estudian nuevos enfoques, otras teorías, incluyen el video beam, el computador, recetan libros, cuentan cuentos, planean, en fin, la lista es larga. Eso está bien. En Colombia, un país con un índice de cobertura en internet cercana al 96 % de la población según datos de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) se ha vuelto una tarea titánica la construcción de un puente entre el método pedagógico y la tecnología como una estrategia que facilite y promueva el aprendizaje.

Aún nos cuesta deshacernos del Modelo tradicional de enseñanza, quizá por miedo a perder el poder que otorga ese grano de conocimiento adquirido con dolor y sacrificio en la universidad. Quizá porque, a pesar de que según el Ministerio de las TIC hay más de 200 mil maestros capacitados en nuevas tecnologías, aún no se integra del todo al currículo escolar un modelo que satisfaga a niños y jóvenes. O tal vez sea, porque llegamos al futuro olvidando lo esencial, lo primigenio, lo que palpita bajo la piel, un fervor por lo necesario, por lo auténtico. Esa sensación que nos lleva a abrir los ojos, la boca, ante lo nuevo, ante el enigma de lo recién descubierto. Es ahí donde nos la debemos jugar: hay que recuperar la capacidad de asombrar y asombrarnos en las aulas de clase pues de allí deriva la curiosidad, esa testaruda necesidad por entender los misterios del universo que caracteriza a científicos y a genios. Luego llegará lo inevitable: el aprendizaje.

Para librarnos de ese diluvio postmoderno facilista y mediocre es imperativo promover en los estudiantes una nueva actitud, una forma de entender y entenderse en la sociedad, que lo salvaguarde de un nefasto naufragio. Una actitud frente a la vida, a la realidad y al futuro. No es responsabilidad solo de maestros y maestras, sino de la familia, de la misma sociedad. Colombia no puede seguir avanzando sobre la base de un sistema enfermo, ineficaz e inequitativo.  Josep Pieper se refiere al asombro como una forma de acercarse a la teoría para contemplar desde allí al mundo, a la verdad misma como esencia fundamental:

«En efecto, estas palabras [theoria, teorético] significan, tal como las entendían los antiguos, exactamente esto: una actitud frente al mundo, un dirigirse a la realidad caracterizado únicamente por el deseo de que esa realidad del mundo se muestre tal como efectivamente es. Ahora bien, no otra cosa se entiende por verdad, no otra cosa sino el mostrarse la realidad. Así se puede también decir que es «teorética» esa actitud frente al mundo, en la que se apunta a la verdad y nada más que a la verdad (...).[1]

«En este su comenzar por el asombro se patentiza el esencial carácter antiburgués, por así decir, de la filosofía, ya que el asombro es algo antiburgués (...). Pues, ¿qué significa aburguesamiento en sentido espiritual? Ante todo, que uno tome el mundo próximo determinado por los fines vitales inmediatos como algo tan compacto y definitivo que las cosas con que nos encontramos no pueden ya transparentarse ... La sensibilidad burguesa embotada lo encuentra todo evidente, comprensible por sí mismo. Pero, ¿qué es en verdad obvio, evidente? ¿Lo es, por ejemplo, que seamos, que haya una cosa como ver? Así no puede preguntar quién está encerrado en lo cotidiano, en el interior de lo cotidiano; no puede desde el momento en que no es capaz (...) de olvidar por una vez los inmediatos fines vitales, mientras que justamente lo que caracteriza a quien se asombra es que para él, hombre perplejo ante el semblante más hondo del mundo, callan esos fines, aunque sólo sea durante ese momento de atónito mirar a la faz maravillosa del mundo. Así, el que se asombra, y únicamente él, es quien lleva a cabo en forma pura aquella primaria actitud ante lo que es, que desde Platón se llama «theoria», pura captación receptiva de la realidad, no enturbiada por las voces interruptoras del querer(…).[2]

Algunas de las conclusiones arrojadas por AULA12, dejan al descubierto este reto: despertar el asombro. Hay una gran oportunidad para recuperar el diálogo trascendente entre el estudiante y el maestro, tal vez un poco de mayéutica o de hermenéutica o de magia logren despertar el interés por lo desconocido. Tal vez podamos desencriptar el espíritu de nuestros muchachos con un poco de ternura para que contemplen un mundo absorbido por lenguajes binarios y máquinas, un lugar sombrío y caótico que necesita urgentemente maravillarse ante historias de naúfragos, piratas, hadas, cuervos, o de expertos alquimistas capaces de conjurar el tedio o matemáticos poetas o filósofos cuerdos que contagien la esperanza, la virtud, el deseo de tejer un nuevo futuro para ellos mismos.



[1] PIEPER, J., Defensa de la filosofía, 5" ed., Herder, Barcelona 1982, pp. 51-52. Sobre el asombro o admiración. Cfr. CEREZO, P. “La Admiración como origen de la Filosofía” Convivium, nn. 15 – 16 (1963), pp 5 – 32.

[2] PIEPER, J. ¿Qué significa filosofar?, en El ocio y la vida intelectual, 2º ed., Rialp, Madrid 1970, pp. 96-97. pp. 127-129.