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Florilegios y otras Heterodoxias

Enfisemas

Libro-Arte, lanzado en New York en Junio de 2013. Contiene Serigrafías originales del Artista Plástico Alejandro Taborda. Edición limitada y exclusiva para Estados Unidos.

PROMISCUA BALADA


I

Después de tu vientre queda
una desgastada mansedumbre de polvo
una sonrisa colgada del pocillo
una amarga satisfacción
que emerge como una muerte hambrienta.


Eres afán
peregrina exhausta
de mis entrañas.


Una mano que se agita
eyaculando adioses
en la tarde
o el asombro transeúnte
que se hace milagro
en alguna residencia.


II


Bordados pasos en el andén

conteniendo la fuga

el músculo

el hambre.

Tu sonrisa en el marco de la puerta
dueña del frio y la noche
dueña de la sedienta piedra
del billete que anida el pecho.

Tus manos jamás
me llamarán de nuevo por mi nombre

las estaciones cruzarán falanges
dejando surcos profundos
para la tristeza
y la culpa.

Llueve…

Un bolsillo con cinco dedos dentro
no es suficiente para ahogarme

en un tinto.

 

 

III


El tiempo es terco

persistente…
Es sacrificio

y arruga cocida a medio fuego
es beso de amarga encía
aprendido en las madrugadas
de una callejuela
es vientre revuelto
desconocido pozo
 frenético esperma.

El tiempo es paciente

conforme…
es palabra arrojada en un rio de ecos
es bastón y exilio
adoquín de fracasados muertos
es árbol

cuerda
es garganta suspendida…

Sigilosos

lúbricos recuerdos
que se irán para siempre.

CALIPSO                                          


 

Así eres,
una sonrisa atravesada
en el cauce de mis angustias,
un borde,
una frontera que me contiene

y da forma,
una cicatriz que endurece y pule mis viejas heridas
hasta hacerlas
pequeños suspiros rancios.

Eres así,
El verde frágil y etéreo
que procuro conquistar con sutil escarcha,
la cintura que me orbita
en creciente
y promete
una buena cosecha
dentro de pocos calendarios.

Eres silencio,
furia contenida,
historia y presagio.

Yo, un emigrante de mis 
propias convicciones.




CARNE

La luz ya entra por los agujeros y no hay temor al olvido

Francisco de Asís Ayala

Cuando lleguen implacables
las arrugas

 

y tu voz se quiebre con la brisa

y veas que te supera el mundo en juventud

y las muchachas no admiren de ti si no la prudencia

 

y palpes
(con la angustia y el desespero del extranjero)

la tierra renovada,

                              y te supliques y quieras el perdón
                              y emerger del abismo

                              y las llagas te supuren tristeza

                              mientras tu mujer te espera en la lápida
como una flor al borde la primavera.

Quedará de ti

solo tu descendencia,
tu vago recuerdo húmedo

girando extraviado

en los muros grises de la ciudad.

 

Quedará el tedio
(así no más, sin afanes)

endurecido como una mentira rancia

y profunda en los surcos de las falanges,

en los crujidos sordos de las vertebras

que vociferaron con sus muelas

                               el dolor,

                               el tiempo,

                               el polvo.

 

Cuando lleguen implacables
las arrugas

y se deshojen tus ojos

pétalo por pétalo

hasta ser pequeños  puntos  marchitos

bajo la tierra,

sabrás que la carne

fue vértigo,

persistencia,
la promesa después de la esperanza,

                la mueca,

                la rigidez acurrucada,

                el insondable silencio.