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Florilegios y otras Heterodoxias

LA ESCUELA: EN BÚSQUEDA DE UNA VERDADERA FORMACIÓN POLÍTICA

 

  

El panorama económico, social y educativo en Colombia es preocupante, especialmente porque depende de  un aspecto que transversaliza a todos ellos y que actualmente se encuentra en una profunda crisis: el político. La desconfianza generada por una clase política que busca privilegios para sí misma y para sus círculos cercanos ha calado en gran parte de la población colombiana llegando, incluso, a generar una especie de desastrosa aversión en los más jóvenes. Es ahí, justamente, donde debe aparecer el Maestro. 

Los estudiantes de este siglo crecen en medio de avances tecnológicos vertiginosos, cada vez más accesibles a sus gustos y  necesidades pero aún llevan en su interior las eternas cuestiones humanas: el amor, la duda, la muerte, entre otras, que solo hallarán respuesta en la interrelación con el otro. Los constructos derivados de dichas interacciones se convierten en formadores, en marcas de carácter o personalidad. Pero también los Medios de comunicación se convierten en formadores pues los modelos exhibidos, casi sin restricción, conllevan a conductas alienadas que, en la mayoría de los casos, llegan a convertirse en autoexcluyentes (al deconstruir valores sociales): Telenovelas de narcotraficantes llevados a la categoría de héroes; el dinero erigido como dios dador de poder y el cuerpo humano como templo profanado de deseo. Ante todo este panorama, la escuela aparece como una institución ajena que se limita a perpetuar el conocimiento científico, académico si se quiere, basada exclusivamente en contenidos cáducos y metodologías obsoletas.

El siglo XXI exige un educador mucho más comprometido, más ético, vanguardista en todo el sentido de la palabra. Un educador formador de pensamiento crítico, que haga evidente las desigualdades sociales, las conductas antiéticas y convenientes de la clase política que permite que la injusticia se pavonee por las calles marginales de las poblaciones colombianas. Es por esto que se hace imperativo que el docente inculque y promueva desde el aula una posición política, (entendida como acciones y posibilidades en pro del bienestar colectivo reguladas por conductas éticas). Hay que desentrañar las herramientas democráticas y hacerlas vigentes en la escuela (que es un modelo a escala de la sociedad que espera al hombre) para no tolerar más una clase política amañada, excluyente, apátrida y egoísta.  El educador debe facilitar la búsqueda de nuevas alternativas, más atrevidas, transgresoras, más novedosas. Es una responsabilidad enorme, pero hay que asumirla cuanto antes o lo único que podremos heredarles a nuestros estudiantes y a nuestros hijos, será la vergüenza de no haberles enseñado a luchar por el país que se merecen.

                                                                                                                               Hernán Mallama Roux