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Florilegios y otras Heterodoxias

Paraíso Kinder

  
 

   



Estaba ahí, tirado entre un charco de su propia nada, en medio de la sangre, con los ojos puestos en el firmamento como si no los quisiera cerrar. Cinco minutos antes pensaba en la comida de sus hermanos. Allí, en esa esquina, esperaba con el ansia de un predador algún transeúnte que se dejara robar. Su temblorosa mano apretaba entre la chaqueta un cuchillo mientras sentía palpitar el corazón en las yemas de sus dedos.

La oscuridad arropaba maternalmente al delincuente y daba el toque necesario para sus intenciones: perfectamente cómplice involuntaria. La esquina seguía fría y solitaria, como él, a la espera. Recordó  la cantaleta de su  madre. La imaginó caricaturesca, hablando y hablando cosas sin sentido--…bla, bla, bla…es bla, bla, bla... -Rió para sí mismo. Pensó también en Gloria Inés, su profesora en kinder, siempre tan sincera, tan maternal.

Sin poder evitarlo, los recuerdos lo invadieron como un perfume reciente, contemplándose entonces, como un pequeño y travieso niño mirando a través de la ventana del salón pasar, sobre la Avenida Treinta de Agosto, los carros  y las busetas. Recorrió de nuevo con su mirada de ensueño el pequeño corredor de su escuela invadido de cientos de muchachitos que gritaban y corrían de un lado a otro. Vio también a Octavio, aquel larguirucho profesor de voz en pecho y mirada dulce que reía por todo, hablando con su amiga Rocío. A lo lejos escuchó su nombre en unos labios que lo sacaron de su paraíso infantil...

    ¡Despierte compadre!−  le gritó alguien a su espalda, pero él, ni se inmutó. Se extrañó cuando observó que la luna aparecía enorme en el firmamento  dejando pocas sombras dónde esconderse. Ahora debía dar la cara como lo hizo tantas veces en la escuela cuando no llevaba la tarea.

Escuchó desde su nostalgia los reproches de sus compañeros. -¡perezoso, perezoso!- Y la mirada de Nelly, la profesora de grado quinto, una mirada que llevaba grabada en el alma: compasiva y a la vez férrea, estricta. Notó que alguien se acercaba.

-Quieto maricón, pase la bolsa... ¡rápido, rápido...!- masculló.

Su corazón palpitaba ahora en su garganta entrecortando su voz y sus movimientos. El cuchillo, tomado firmemente sostenía en el filo la voz de la víctima, se sintió un dios, -omnipotente y resentido-  podía disponer a su antojo de esa vida,  −que más da− pensó. Los hombres le debían milenios de sacrificios, podía ser misericordioso con cualquier cosa, menos con el olvido, eso no. Quería cobrar años y años de abandono, de hambre, quería arrancarle con la furia de su reproche algo a esa sociedad indiferente, pensó en sus hermanitos y la rabia y el dolor se le agolparon en el pecho.  Degustó con lascivia el terror ajeno, y se jactó para sí mismo con la súplica estentórea de aquel hombre; le pareció monótona, pero el perdón es de exclusivo uso de los dioses y él era uno, así que perdonó con el desprendimiento abominable de su condición de ser supremo, olvidado y abandonado. El hombre se alejó corriendo  mientras él, escudriñaba el contenido. Encaminó su miedo −porque sabía por algún escrito que también los dioses temen, especialmente al olvido− hacia la casa. Observó sin embargo de reojo y no vio nada. A su espalda la calle se le antojó muda y larga.

Entre los adoquines y sus acelerados pasos le pareció oír el lamento de unos globos que estallaban. Recordó aquellos que nunca pudo tener y sonrío lentamente mientras caía. Sintió florecer rosas rojas en su cuerpo y las estrellas le parecieron más cercanas y brillantes que nunca.

La calle se vestía de luto; mientras cada quien seguía en lo suyo, un automóvil se alejaba a toda marcha. En su mano apretaba aún la bolsa que soltó sólo cuando su hermanito menor llegó viéndolo a través de las lágrimas. Una última mirada y un suspiro fueron su adiós. No cerró los ojos, aún no se quería ir. Evocó en su última sonrisa el colegio atestado de muchachos desprevenidos buscando un futuro entre las letras y los muros. El quedó ahí, como un prometeo, tirado entre un charco de su propia nada.

                                                                  Hernán Mallama Roux